miércoles, 10 de noviembre de 2021

"La gran comilona" y el mandato al goce


 "Lo que tienen de novedoso y esenciales, las crisis capitalistas, es algo totalmente distinto. Porque el proceso se interrumpe, el vínculo entre el consumo y la producción se altera más o menos radicalmente, pero no porque falten los artículos o los productos para consumir, sino contradictoriamente porque sobran (...) Hay hambre y sin embargo, sobra pan".

Pablo Rieznik, en "Charla: Tendencia al colapso del Capitalismo", disponible en Youtube.

La fiesta de los sueños ¿o de pesadillas?

Estrenada en 1973, con la dirección de Marco Ferreri y el guion de Rafael Azcona, “La gran comilona” relata el encuentro de cuatro amigos en una mansión de fin de semana, con un objetivo definido; comer a lo grande, disfrutar de los más fabulosos banquetes y darles rienda suelta a sus deseos de hedonismo extremo. Interpretada por cuatro de los más reconocidos actores europeos de la época, Marcelo Mastroianni, Philippe Noiret, Ugo Tognazzi y Michel Piccoli, encarnan a un encargado de un restaurante, un productor televisivo, un piloto de avión y Juez (personajes que, curiosamente, llevan el mismo nombre que los actores que los interpretan), a quienes se les sumará la maestra Andréa, quien demostrará no tener nada que envidiarles a los apetitos de sus compañeros culinarios de un amplio abanico de placeres, tanto eróticos, como de diverso tipo.

El desenfreno gastronómico de los ocasionales habitantes de la casa, cuyo desfile de manjares exhibirá ante las glotonas miradas a platos que llevarían tantos caracteres en su descripción, que se le haría “agua la boca” a cualquiera. Se trata de un retrato para los sentidos, digno del “realismo grotesco” y la fiesta utópica, según analiza el filósofo y teórico del lenguaje Mijail Bajtín, a partir de la cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, desde la perspectiva de Francois Rabelais. Sin embargo, por más que las escenas pantagruélicas se sucedan en un sin fin para los sentidos, la abundancia regeneradora de la comida, los cuerpos, la fertilidad y la sexualidad y su efecto subversivo sobre las posiciones de clase que se manifestaban en los festejes del carnaval durante el Medioevo e incluso el rol que tuvo la risa popular sobre la percepción del mundo, está ausente.

Esto es así, porque marcadamente y de principio a fin, el objetivo que reunirá a los cuatro amigos, será el de comer hasta morir (que solo será cuestionado en un tramo intermedio de la película por Marcello).

La persecución del deseo en diversas concepciones. El laberinto capitalista del mercado

En 1820 Arthur Schopenhauer dio a conocer un sistema de pensamiento sostenido en la convicción de que la palabra vida es un eufemismo por sufrimiento, y que tal condición es inmutable e ineludible de la existencia. La voluntad y los deseos, expectativas y proyecciones que impulsan a la vida cotidiana resultan ser, a fin de cuentas, instrumentos de tortura. Sea la acción estatal, o practicar la religión, o la voluntad de transformar al mundo mediante cambios políticos, o la industrialización intensiva, o el suicidio, ningún esfuerzo prosperará. Lo único aconsejable, en su sistema filosófico, es desear lo menos posible; algo imposible, porque la voluntad de vivir es ciega y solo puede pujar, incesantemente. En este sentido, por más que Marcello se entretenga arreglando un antiguo Bugatti de carreras guardado en el garaje, Michel lleve a cabo la práctica de unos pasos de ballet o ejecute el leitmotiv musical de la película en el piano del living, Ugo se dedique con maestría a la cocina, una vez que resuelven traer prostitutas a la casa y Philippe realice sus promesas románticas de matrimonio con Andréa (la única persona dispuesta a seguir hasta al final, junto a ellos), el incremento del tedio, el aire de melancolía y vacío, les resultará irreversible. Trocará el placer, en deber.

Según afirma Friedrich Nietzsche, "en los tiempos antiguos se sufría menos que ahora, aun cuando las condiciones de vida hayan sido más violentas y los castigos físicos más crueles". Se alude con esto, a que durante el proceso de formación del carácter del hombre moderno no se le brindan herramientas internas aptas para reforzar su subjetividad ante la perspectiva de desastres existenciales o materiales, propios de la jornada laboral o las crisis familiares, descargados sobre el cuerpo y la personalidad. De este modo, la decadencia y la descomposición, en la búsqueda imparable de satisfacer sus deseos, arrastrará a los protagonistas de “La gran comilona” incluso más allá los límites de lo escatológico (patente en las escenas de los pedos, eructos o incluso en los repelentes vómitos de sus ocasionales compañeras de pasiones), hasta reventar, quedando algunos, conservados adentro de una cámara frigorífica.

Cuando Marcello (con quien comienza desfile mortuorio) frustrado ante su fracaso sexual con Andréa y procurando escapar en medio de la noche bajo una tormenta de nieve, grita "¡lo hago todas las noches!", se ponen en evidencia los mandatos despiadados de los procesos de explotación o de la soledad, o del tedio, en el que hay que vender la "apariencia" y el goce, propio de una organización social que deja a millones abandonados a su suerte, es decir, del Mercado. Del mismo modo con la reacción de Philippe, en relación a que los vecinos no vayan a escuchar los gritos y lamentos, cuando Marcello muere.

 Lejos de un clima tétrico y dramático, la película también deja entrever una fuerte carga de comicidad y desfachatez, frente al arte canónico o consagrado. Son los casos del el sonoro pedo que Ugo simula con su boca cuando Michel recita burlonamente el célebre monólogo de Hamlet, portando una cabeza de ternera en lugar de una calavera, o en la caracterización de Vito Corleone llevada a cabo también por Tognazzi. Cabe destacar también Osvaldo Getino fue uno de los responsables que se estrenara en la Argentina, poco después de su estreno en Cannes, sin censura (Festival en el que había tenido una recepción revulsiva).

Por último, el asedio de los perros ante la nueva partida de carne que llega a la mansión, justo en el momento de la muerte de Philippe, el único comensal que quedaba, podría interpretarse como la contracara trágica de la noción del “gasto improductivo (opone el principio de crecimiento y conservación al principio del gasto o pérdida)”, acuñada por el filósofo Georges Bataille. Sigue el festín de las carnes, pero ya no queda nadie para disfrutarlas.

 Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan

Actualmente, la situación social en Argentina, Latinoamérica y en el resto del mundo, es una bomba de tiempo a los pies de un régimen incapaz de conjugar las contradicciones insalvables de la bancarrota capitalista, en la que enormes capas de las masas asalariadas y pauperizadas, de niños y jóvenes, no lograron satisfacer la cantidad necesaria de alimentos desde el comienzo de la pandemia.

El capital, cuya actividad y persistencia se manifiestan en una enorme potencia productiva y al mismo tiempo, una enorme producción, contradictoriamente, de miseria social, debe ser superado por una perspectiva que ponga toda necesidad de desarrollo material, de esparcimiento y subjetiva, en manos de la clase obrera.

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